Cuando aparecieron los CDs de música, todo el mundo arrinconó sus discos de vinilo y pensó que nunca más volverían a ponerlos. Sin embargo han resucitado. Los vemos de nuevo en muchas secuencias de películas, y en nuestras casas hemos vuelto a sacarlos de su escondite y a ponerlos, un poco hartos del mp3, de todas esas músicas sin carátulas, sin las letras de las canciones,  ni los títulos de crédito. Nos gusta oír la aguja haciendo sonar las motas de polvo y las rayaduras y, sobre todo, ese sonido empastado y profundo, mucho más real que el digital.

Esto viene a cuento porque puede parecer que nuestra postura de proyectar en celuloide sea absurdamente nostálgica. Puede dar un aire de elitismo que aleja de la competición del Festival a aquellos realizadores que sólo hacen copias digitales. Si a ello unimos el cartel de este año, ese naipe tan arraigado en nuestras culturas populares (la portuguesa y la española, ya que la baraja es la misma), puede dar la sensación de que somos unos “viejunos” trasnochados.

Nada más lejos de la realidad. Lo único que pretendemos ser es un reducto de la calidad audiovisual en el ámbito del cortometraje. Un ámbito contaminado por vídeos hechos con un teléfono y proyectados en un bar de copas. Un mundo de festivales que más parecen un certamen de anuncios de campañas institucionales que una actividad artística.

El Festival Ibérico de Cinema no renuncia a sus señas de identidad, no por cabezonería retrógrada, sino porque estamos convencidos de que un cortometraje que se mueva por el amplio mundo de las competiciones internacionales debe tener una copia tangible y proyectable mediante máquinas inventadas en el siglo XIX.

En su edición número 17, este Festival, pese a las crisis económicas e industriales, pese al auge de lo digital y al uso y abuso, a veces propagandístico y dentro de una excesiva corrección política, del cortometraje, pretende seguir una línea que hasta ahora ha hecho que tengamos un público fiel, una selección de películas brillante y una adecuación entre contenidos lúdicos y formativos.

Nuestra  especialización es fruto de la ubicación de la ciudad que acoge el Festival: la Badajoz fronteriza, una de las ciudades del Oeste español más vinculada a Portugal. De ahí que la participación de cortometrajes (“curtas”) portugueses en la competición oficial sea uno de los ingredientes que dan carisma a nuestro FIC. Todos los años resulta estimulante comprobar la evolución y tendencias de una cinematografía de poco desarrollo industrial pero que encuentra en el formato corto un medio de expresión inventivo y muy profesionalizado.

Nuestro proyecto divulgativo encuentra su sentido en un entorno regional que ha ido desarrollando su interés y conocimiento de la narrativa audiovisual de forma paralela al crecimiento del Festival, ya que desde él se han propiciado publicaciones en torno a dos ejes temáticos: las relaciones entre la música y el cine y los estudios sobre personajes de Extremadura y Portugal relacionados con espectáculo cinematográfico.

La presente edición, en la que rendiremos homenaje póstumo al actor extremeño Paco Maestre, por razones que se explican también en este catálogo, en la que publicaremos un nuevo libro sobre música y cine: “PANTALLA LÍRICA. El cine va a la ópera”, del experto Rafael de España y en la que seguiremos proyectando en celuloide y en la pantalla del Teatro López de Ayala de Badajoz lo mejor del cortometraje español y portugués, es una muestra de que las buenas ideas son mejores aún con el paso del tiempo.



ALEJANDRO PACHÓN.
Director del Festival.